Una pedagogía al servicio de la formación de un ser humano reconciliado con sus semejantes, con la creación y con Dios

Discurso
La educación de la Compañía: una pedagogía al servicio de la formación de un ser humano reconciliado con sus semejantes, con la creación y con Dios,

brindado por el P. Arturo Sosa, S.J.,
Prepósito General de la Compañía de Jesús 

en el Congreso Internacional de Delegados de Educación de la Compañía de Jesús, JESEDU-Río, el 20 de octubre de 2017.


Introducción

Ante todo una palabra de gratitud a quienes han hecho posible este congreso: la FLACSI, la Provincia de Brasil, a la red de colegios jesuitas de Brasil y al Secretariado de Educación secundaria y pre-secundaria de la Curia General. Mi gratitud va también para ustedes, delegados, por su intenso trabajo en sus provincias y aquí en el congreso.

Es la primera vez que en la Compañía de Jesús se organiza un Congreso para Delegados provinciales de educación y las redes regionales que apoyan el trabajo educativo secundario y pre-secundario. Ha sido una hermosa oportunidad para encontrarnos y fortalecer la visión común universal del apostolado educativo de la Compañía.

En este Congreso también participan otras redes vinculadas a la educación ignaciana, que ofrecen educación de calidad a sectores sociales marginados como Fe y Alegría, los Colegios Jesuitas Cristo Rey, las escuelas Nativity de Estados Unidos y el programa educativo del Servicio Jesuita a Refugiados.

En nombre de la Compañía quiero reconocer el enorme trabajo que ustedes, al igual que sus compañeros y compañeras en este apostolado, realizan todos los días para ofrecer a las nuevas generaciones, en condiciones tan diversas y difíciles, una formación que cambiará radicalmente sus vidas, ofreciéndoles instrumentos para contribuir a la humanización del mundo.

Este Congreso es una expresión de nuestra acción de gracias a Dios y a nuestros benefactores en este campo, una afirmación de la importancia del apostolado educativo y un estímulo a la audacia de lo imposible que nos puede llevar aún más lejos.


I. La tradición educativa: memoria inspiradora y no peso paralizante

La educación, y en particular, los colegios son parte de la tradición misionera de la Compañía. Todo comenzó con la percepción que Ignacio y sus primeros compañeros tuvieron de su inmenso potencial apostólico. Polanco retrató esa temprana convicción de la Compañía en sus famosas 15 razones para tener los Colegios1.

En sus colegios la Compañía creó un modelo educativo enraizado en la tradición humanística del renacimiento, convencida de que al educar el carácter de las personas, en función del bien común, realizaba una importante tarea apostólica. Al percibir cómo la educación toca el corazón de las personas, convirtieron la cura personalis en el rasgo sobresaliente de su modelo educativo. La espiritualidad que surgía de los Ejercicios se convirtió, entonces, en el espíritu que anima la percepción del mundo, del ser humano y de su destino.

Con el Concilio Vaticano II y la formulación de la misión de la Compañía hecha en las CG 31 (1965) y 32 (1975), nuestros colegios se renovaron profundamente:

Aquella tradición humanística, nutrida de espiritualidad ignaciana, fue expresada profética y lúcidamente por el P. Arrupe, y por el P. Kolvenbach, al señalar que el propósito de nuestra de nuestra educación es formar hombres y mujeres para los demás y con los demás2.

Posteriormente, la Compañía explicitó este propósito educativo en el llamado Documento de las 4Cs, señalando que busca la excelencia humana de nuestros estudiantes, formando hombres y mujeres, conscientes, competentes, compasivos y comprometidos; así, la excelencia académica, dimensión fundamental en un colegio de la Compañía, se sitúa en el contexto de una formación para la excelencia humana integral. Es esta excelencia humana integral la que da el sentido último a la excelencia académica.

Nuestra oferta educativa se ha visto renovada también con una educación para la fe que promueve la justicia, propicia el diálogo entre las culturas y la colaboración entre laicos y jesuitas. Compartir el carisma educativo con laicos y laicas, religiosos y religiosas de otras familias ha sido una fuente de renovación creativa del modelo pedagógico. Nuevos modelos institucionales, nacidos para ofrecer educación de calidad a los pobres y excluidos, como Fe y Alegría, Cristo Rey, Nativity Schools, además de los servicios educativos que ofrece el JRS, enriquecen el apostolado educativo de la Compañía de Jesús en el mundo.

Así mismo, la creación de redes provinciales y regionales ha potenciado el alcance de nuestras instituciones. De gran valor ha sido la dinámica de discernimiento educativo permanente, puesto en marcha por un ciclo integrado de tres etapas, del cual este Congreso es el último peldaño de una primera ronda, que comenzó en el 2012, con el Coloquio en Boston, continuó en 2014 con el SIPEI en Manresa.

La plataforma en línea Educate Magis, que permite a todos nuestros colegios vislumbrar y desarrollar el inmenso potencial internacional que está en nuestras manos, es otra oportunidad de renovación y profundización del carisma del apostolado educativo de la Compañía de Jesús.

Los Superiores Generales y las Congregaciones Generales de la Compañía de Jesús del postconcilio Vaticano II, han reconocido el enorme valor del apostolado educativo y su contribución a la misión de la Compañía3. Por mi parte, quiero aprovechar la oportunidad de este importante encuentro para ratificar mi estima y la del cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús por este apostolado y subrayar su importancia en el actual contexto del mundo y de nuestro servicio a la misión de reconciliación, fruto de la justicia que lleva a la paz, que Dios realiza en Cristo.


II. Compañeros en una misión de reconciliación y de justicia

La educación y, en particular, nuestras instituciones educativas, forman parte del esfuerzo humano por hacer germinar la semilla del reino de Dios en la historia. Como lo hemos contemplado en la meditación de la encarnación de los Ejercicios Espirituales(n.102), Dios, uno y trino, se ha comprometido a fondo con la redención de la humanidad; al ver y escuchar el clamor de los seres humanos nos lo devuelve como llamada, invitación o interpelación a colaborar en su empeño salvador.

La Congregación General 36ª recogió esa interpelación y confirmó que estamos llamados a ser compañeros en este propósito universal de reconciliación y de justicia, nacido del amor misericordioso de Dios y puesto en marcha por Él mismo a través de la encarnación, para que todos los seres humanos podamos vivir en la paz, con plenitud de vida y en relación armoniosa con el medio ambiente.

Conscientes de las difíciles condiciones de vida de la gente asumimos la reconciliación como una misión de esperanza. Como ministros de la reconciliación somos mensajeros de confianza en el futuro, invitados a curar las heridas personales, a promover nuevos caminos para producir bienes y modelos de consumo que respeten el equilibrio ecológico y generen un cambio en las relaciones sociales que favorezcan mejores condiciones de vida para cada ser humano de modo que los pueblos puedan vivir con libertad y dignidad, en el respeto mutuo.

Nuestra misión proviene de la fe cristiana. Es un servicio a la reconciliación y a la justicia que nace de la vida de Cristo y debe hacerse a su estilo, en las condiciones de nuestro mundo. La reconciliación y la justicia son una única misión. La reconciliación verdadera pide que la justicia se haya hecho presente. Por esto, la búsqueda de la justicia social y la generación de una cultura de diálogo entre las culturas y las religiones, hace parte de este servicio a la reconciliación entre los seres humanos, de éstos con la creación y de la humanidad con Dios. Las tres dimensiones del servicio a la reconciliación van siempre unidas. No es posible una real reconciliación con Dios, si al mismo tiempo no se da la reconciliación y la justicia entre los seres humanos y de éstos con la creación.

Ciertamente, el servicio a la reconciliación y a la justicia implica que construyamos puentes que permitan el diálogo. Sabemos que la tarea de construir puentes, o de “hacerse puentes”, en contextos conflictivos, supone ser pisoteados por ambos lados de la contienda. Tal es el precio de nuestro servicio y, en el anhelo de hacerlo al estilo de Jesús, estamos dispuestos a pagarlo.

Este enfoque de la misión nos pide conversión personal e institucional, nos lleva a repensar las estrategias de evangelización, la manera de realizar la acción pastoral, nuestro modelo educativo y la forma como contribuimos a la transformación de las actuales relaciones sociales, políticas y económicas, en lo que ellas obstaculizan la posibilidad de una vida digna para todos.


III. Educación que abre a la comprensión del mundo en el que vivimos

El servicio a la reconciliación comienza con la comprensión del mundo en el que vivimos y que tenemos como hogar. Igualmente, la labor del educador, y en particular de nuestras instituciones educativas, es la de ayudar a las jóvenes generaciones a situarse ante el mundo y ante Dios para que puedan proyectar su desarrollo personal y social, contribuyendo a la construcción de un mundo mejor.

Esta necesidad de comprender a fondo nuestro mundo para poder ofrecer el mayor y el mejor servicio a la Gloria de Dios es la razón por la cual entendemos nuestra misión como apostolado intelectual. Nuestro deseo es entender el ser humano y el mundo, en su complejidad, para que el ser humano pueda configurar el mundo de un modo más compasivo y por tanto más divino.

La gran inversión que hacemos en la formación intelectual es porque queremos que los Jesuitas y los compañeros/as de misión sean capaces de comprender y de pensar por sí mismos en cada situación o contexto al que son enviados. En verdad, necesitamos ser verdaderos intelectuales, en el mundo de las Ciencias humanas y sociales, en el análisis social, en la educación o en la pedagogía, y en cada campo apostólico en el que nos encontramos. El solo trabajo en Educación superior, en un Colegio, o en un Centro de investigación, no crea un “intelectual”. Llegar a ser un “pensador” en una disciplina, requiere un proceso continuo.

Para quienes comparten la misión de la Compañía de Jesús, ser un “intelectual” es ser un efectivo instrumento en el apostolado. Ser verdaderos “intelectuales” en nuestra misión apostólica nos permite entender el mundo y sus desafíos para proclamar la Buena Noticia de modo pertinente, atrayente y transformador. La educación es realmente efectiva cuando logra incluir esta dimensión de apostolado intelectual.

En lectura intelectual del mundo y sus desafíos, la Congregación General 36ª fue consciente de que la humanidad hoy vive simultáneamente luces y sombras. Sin embargo, éstas últimas son motivo de preocupación y revelan que vivimos una profunda crisis, en la que simultáneamente se afectan las relaciones sociales, la economía y el medio ambiente, por causa de injusticias estructurales y de múltiples abusos cometidos contra los seres humanos y el medio ambiente4. Una mirada rápida sobre seis realidades de nuestro mundo nos ayuda a visualizar los alcances que ha de tener el servicio a la reconciliación y a la justicia que nacen de la buena noticia proclamada por Jesús:

En primer lugar, somos testigos de cambios demográficos sin precedentes. Millones de personas tienen la condición de migrantes y de refugiados, porque escapan de los conflictos, de los desastres naturales o de la pobreza; todas en busca una vida mejor. Algunas sociedades les han dado la bienvenida. Otras han reaccionado con temor y rabia buscando cómo construir muros o levantar barreras.

Segundo, la creciente inequidad. Aunque el sistema económico mundial ha creado enormes riquezas y ha hecho posible que algunos países puedan sacar amplios segmentos de su población de la pobreza, la desigualdad crece de modo alarmante. La distancia entre ricos y pobres aumenta, y ciertos grupos, como los pueblos indígenas, son cada vez más marginalizados.

Tercero, el incremento de la polarización y el conflicto. El fanatismo, la intolerancia, la disposición a generar terror, los actos de violencia y aún la guerra, se incrementan, tienden a aumentar. Aunque las causas de buena parte de la polarización se encuentran en la pobreza, en el miedo, la ignorancia y la desesperación, gran parte de la violencia es justificada usando el nombre de dios. El uso de la religión y la imagen de dios para justificar el odio y la agresión es uno de los grandes anti-signos de nuestro tiempo.

Cuarto, la crisis ecológica que afecta nuestro planeta que el Papa Francisco llama nuestra “casa común”. Su encíclica Laudatio Sì es clara en señalar que el sistema de producir y consumir que tenemos los seres humanos genera una cultura del “descarte”, que deteriora significativamente el tejido de nuestras relaciones sociales y el medio ambiente poniendo a riesgo la sostenibilidad de nuestro planeta para las futuras generaciones.

Quinto, la expansión de un hábitat o cultura digital. El internet y las redes sociales han cambiado la forma como los seres humanos piensan, reaccionan, se comunican e interactúan. No es sólo una cuestión de nuevas tecnologías. Es un nuevo mundo en el cual vive la gente, especialmente las nuevas generaciones. Es el inicio de una gigantesca transformación cultural que progresa a una velocidad inimaginable, que afecta las relaciones personales e intergeneracionales y desafía los valores culturales tradicionales. Este hábitat o “ecosistema digital” ha hecho posible la expansión de la información y de la solidaridad, pero también generado hondas divisiones con la viral expansión del odio y de las noticias falsas.

Sexto, el debilitamiento de la política como búsqueda del bien común. En muchos lugares del mundo ha crecido una decepción o desilusión ante la política por el modo como ha sido puesta en práctica por políticos y partidos políticos. El descontento y el descrédito son profundos por las expectativas no cumplidas y los problemas no resueltos. Esto ha hecho posible que líderes populistas lleguen al poder explotando el miedo y la rabia de los pueblos con seductoras propuestas de cambios irreales.

En síntesis, estos seis retos son emblemáticos de un cambio de época. Más que antes, somos conscientes de ser una sola comunidad humana, de compartir un mismo planeta y de tener un destino común. Quizás, aunque experimentamos el fenómeno de la “globalización” en muchos detalles de la vida cotidiana, somos menos conscientes de los muchos, profundos e importantes cambios que se producen en las culturas y en las relaciones intergeneracionales.


IV. La interculturalidad: comunicación global entre culturas diversas

La dinámica planetaria de intensa comunicación en todos los campos nos hace pensar en la existencia de un proceso que hemos acordado llamar globalización. Sin embargo, es un fenómeno que incluye procesos ambiguos. Algunos estudiosos del tema distinguen globalización de mundialización5 para identificar su tendencia dominante.

Al hablar de globalización señalan la tendencia a uniformar los comportamientos y las culturas. Una consecuencia es la disminución de la diversidad cultural, con la tendencia a crear un espacio mono-cultural global, imponiendo en todas partes las formas de organización económica y de interacción sociopolítica favorables al capital transnacionalizado. En cambio, al hablar de mundialización se pretende el reconocimiento universal de la creatividad característica de la diversidad cultural y su reconocimiento como la principal riqueza del exponencial proceso de crecimiento en el intercambio humano en todo el planeta.

En consecuencia, para ubicar nuestra acción educativa es mejor hablar de universalización, entendida como crecimiento de la interacción entre grupos humanos, culturalmente diversos, capaces de compartir una visión común de los intereses de toda la humanidad. Este análisis nos ayuda a discernir las tendencias existentes en una dinámica de integración humana creciente y de los resultados de las corrientes globalizadoras.

El predominio de una visión globalizante que tiende a uniformizar las culturas produciría una restricción paulatina del intercambio cultural que pondría a riesgo incluso la multiculturalidad. Sería un fenómeno semejante al impacto que tiene el deterioro del medio ambiente en la disminución de la biodiversidad en el planeta.

El predominio de una visión mundializadora favorecería los espacios multiculturales y abriría posibilidades a la interculturalidad. En ésta, el aporte espiritual de las religiones, entendidas como dimensiones de las culturas, propiciaría la superación de los fundamentalismos. Es lo que en el 2008 intuyó la Congregación General 35ª al invitarnos a ir a las fronteras de nuestras culturas y de la religión para encontrar, reconocer y entablar el diálogo con otros6.

Para indicar la concepción de universalidad a la que aspiramos con los procesos de globalización-mundialización, quizás sea útil recordar el original contenido del concepto catolicidad que se refiere a la universalidad de la Iglesia, acogiendo la inmensa diversidad de sus situaciones particulares. Es igualmente útil recordar que el Papa Francisco prefiere usar la imagen geométrica del poliedro en lugar de la “esfera” para hablar de la globalización7. Tanto el concepto de catolicidad como la imagen del poliedro recogen bien el significado de la interculturalidad.

Lo ideal es que cada ser humano, o cada pueblo, sea capaz de sentirse parte de la humanidad haciéndose consciente de su propia cultura (inculturación), sin absolutizarla, críticamente, reconociendo gozosamente la existencia de otros seres humanos poseedores de culturas diversas (multiculturalidad), y estableciendo relaciones parejas con ellos, enriqueciéndose con la variedad de culturas, entre las cuales se encuentra su propia cultura (interculturalidad). La universalidad vivida de esta manera puede convertirse en un impulso a la justicia social, la fraternidad y la paz.

Podríamos imaginar que tal visión de la universalidad humana, corresponde a la experiencia espiritual del Dios de Jesús de Nazaret. La Iglesia, como comunidad de los seguidores de Jesús, tuvo que superar, con no pocas tensiones, su horizonte local judío, griego y romano, para ir más allá de sus fronteras culturales y experimentar la catolicidad como universalidad con raíces locales. No es extraño, entonces, que el Concilio Vaticano II haya afirmado que “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” 8.

El reconocimiento de las culturas diversas y la capacidad de vivir en contextos multiculturales, respetando, y hasta disfrutando la diversidad, es un paso de gran importancia. La tentación nuestra sería conformarnos con la multiculturalidad como expresión de la universalidad. Sin embargo, la simple buena convivencia, como yuxtaposición, entre personas de diferentes culturas no basta para avanzar realmente hacia la universalidad de la que venimos hablando. El intercambio enriquecedor entre las culturas permite experimentar la interculturalidad, y construir la universalidad de un modo más humano.

La interculturalidad9 nos hace vivir más plenamente la universalidad pues acoge las diferencias culturales como revelación del rostro de la humanidad creada a imagen y semejanza de Dios, y se enriquece del intercambio cada vez más profundo entre ellas. La interculturalidad no es un fin en sí misma sino el medio a través del cual creamos las condiciones para vivir plenamente la humanidad, contribuyendo a la humanización de las personas, las culturas y los pueblos. Es algo más que el reconocimiento de la existencia de muchas culturas, en el presente y en el pasado (multiculturalidad). Surge de la construcción de puentes y de comunicación fluida entre ellas. Proceso complejo, no exento de conflictos, que no es apenas un “encuentro entre culturas” para crear un espacio, supra, meta o transcultural10. Es más bien un “intercambio recíproco entre culturas que puede conducir a la transformación y el enriquecimiento de todos los implicados.”11, pero sin excluir o substituir la inculturación, y más bien profundizándola, porque nadie puede ofrecer a otros lo que no tiene. 

Finalmente, la interculturalidad es un proceso participativo e interactivo con el contexto histórico, social, económico y político en el que se desenvuelve; como tal dinamiza el desarrollo de las culturas, propiciando cambios que les permiten crecer en la comprensión de la condición universal de la humanidad.

Debo precisar aún que mis reflexiones no se proponen imponer una palabra o un concepto sino ante todo dar a entender qué se dice cuando se usa cualquiera de los conceptos analizados. No es mi propósito proponerles que se excluyan del lenguaje los conceptos de globalización o mundialización, o sus derivados, sino que podamos entender y buscar siempre la universalidad intercultural.


V. Desafíos para la educación de hoy que mira al futuro

Reconozco que el campo educativo en la Compañía está buscando ponerse al día12. Todo ello quiere expresarse en el documento que el Secretariado de Educación y la ICAJE han estado trabajando para recoger los retos y oportunidades que el contexto actual ofrece a nuestro modelo educativo. Nos urge incorporar a este proceso la visión de la misión como la ha formulado la Congregación General 36ª entrada en trabajar juntos, en colaboración en el servicio a la reconciliación y a la justicia, que sólo serán posibles en un mundo concebido interculturalmente, como lo acabamos de señalar. Estoy convencido que la educación de la Compañía, y en particular nuestros colegios, pueden renovarse profundamente en esta dirección.

La renovación es una tarea permanente en el trabajo educativo. Tenemos que ir un paso delante de lo que hoy conocemos e imaginamos. Nuestros modelos educativos deben preparar a los jóvenes para el futuro. No podemos quedarnos en modelos educativos en los que los adultos nos sentimos cómodos. Por ello hay que ir un paso adelante. Tenemos que estar alertas contra el peligro de la inercia institucional que impide el discernimiento y la necesaria renovación.

En el contexto de una dinámica mundial como la que acabamos de describir, tenemos que preguntarnos ¿cómo podemos servir más y mejor a la misión desde nuestros colegios?, ¿Cómo puede un colegio educar para la reconciliación? ¿Cómo podemos ir a las fronteras o periferias a las que el Papa Francisco nos invitó, en su alocución a la Congregación General 36ª, para generar procesos de transformación?13. ¿Cuáles son las fronteras en las que nuestros colegios deben estar y cuáles los procesos educativos que deben suscitarse?

Respondamos con imaginación y creatividad, sin perder de vista que el propósito de nuestra educación es la formación de la persona para que dé sentido a su vida y con ella contribuya al bien común en su contexto, de su sociedad y del planeta. Nos corresponde crear modelos14. No tengamos miedo en ello. Al hacerlo, prestamos también un servicio a la Iglesia, que ha pedido a la educación católica renovar su pasión por este servicio al mundo15. Preguntémonos, como lo hizo el Papa Francisco a la Compañía al celebrar la canonización del Beato Pedro Fabro: ¿Tenemos grandes visiones y deseos? ¿Estamos arriesgando? ¿Estamos volando alto? ¿Nos devora el celo del Señor (Salmo 69,10)? O ¿somos mediocres y nos contentamos con repetir programas apostólicos que no llegan a las personas y a sus necesidades?16

Recordemos que los primeros jesuitas invirtieron tiempo y recursos para crear un modelo educativo que, si bien era ecléctico en sus componentes, se unificaba bajo la visión ignaciana del mundo. Todos hemos conocido los grandes aportes de aquel modelo que la Compañía denominó Ratio Studiorum. Estamos llamados a tener igual creatividad para responder a los desafíos del futuro siempre incierto desde nuestro contexto presente.

Si bien los colegios, que algunos llaman de “mortero y ladrillo”, siguen siendo importantes, debemos tener la libertad y creatividad para explorar otros modelos aunque sean híbridos, como el flip-flop, o colegios en línea, incluso modelos pedagógicos y educativos de frontera que encarnen el magis hoy. Por fortuna, en este reto contamos con el enorme potencial creativo de nuestros compañeros y compañeras en el apostolado educativo con quienes colaboramos en pensar, crear y experimentar nuevas posibilidades.

En esta línea, quiero mencionar algunos desafíos concretos que desearía que enfrentáramos como educadores y como instituciones educativas de la Compañía de Jesús.

Primero, urge que nuestras instituciones sean espacios de investigación pedagógica y verdaderos laboratorios de innovación didáctica, de los que surjan nuevos métodos o modelos formativos. Esto implicará que exploremos lo que otros hacen y lo que podemos aprender de ellos, como también lo que la ciencia de la pedagogía plantea para un mundo cada vez más técnico y caracterizado por la cultura digital en la que nuestros estudiantes han nacido y crecido. Es necesario que nuestras instituciones sean conscientes del cambio antropológico y cultural que estamos presenciando y sepan educar y formar de un modo nuevo para un futuro distinto.

Segundo, sin excluir ninguna clase social de nuestra oferta educativa, debemos continuar avanzando en una educación para la justicia, que tenga muy presentes tres aspectos: uno, la importancia de acercarse a los más pobres y marginados; dos, la formación de una consciencia crítica e inteligente ante procesos sociales inequitativos, sin participación, centrados en el consumo, en la acumulación del dinero y en la explotación del medio ambiente; y tres, una actitud constructiva y dialogante, que permita encontrar soluciones. Esto debe reflejarse en nuestras políticas de admisión, en nuestros programas de formación, en la visión de la ciencia que trasmitimos y en los convenios con otros colegios e instituciones sociales.

Tercero, el respeto y cuidado con nuestra “casa común” pide que nuestras instituciones ofrezcan a nuestros estudiantes una formación acorde con la dimensión ecológica de la reconciliación. Todos los seres humanos somos corresponsables por el nuestro planeta, por su viabilidad futura, más allá de nuestros intereses nacionales, locales o generacionales. Urge sumarse a los esfuerzos de muchos por crear una sociedad y una economía sostenible en el tiempo, para que los seres humano y el medio ambiente sean protegidos. Nuestras instituciones en sí mismas deberían reflejar tal actitud en sus prácticas y en su estructura física.

Cuarto, el desarrollo de una cultura de salvaguarda de los menores de edad y de personas vulnerables. La Compañía, al igual que la Iglesia y la sociedad, participa de los esfuerzos colectivos por tomar consciencia y adoptar las medidas necesarias para que los niños y jóvenes que las familias confían a nuestra formación, gocen de la protección necesaria. Debe ser claro que nuestras instituciones, buscando la protección de menores y personas vulnerables, previenen y actúan en forma inmediata, efectiva y trasparente. Este es un compromiso irrenunciable de la Compañía y, ciertamente, vital para la credibilidad de nuestros colegios.

Quinto, el ofrecimiento de una formación religiosa que abra a la dimensión trascendental de la vida capaz de transformar la vida personal y social. El Papa Francisco señaló a los participantes de la CG 36 que la fe auténtica siempre conlleva un profundo deseo de cambiar el mundo. Nuestro desafío es saber comunicar la espiritualidad ignaciana para que las jóvenes generaciones anhelen en todo amar y servir y quieran buscar la mayor la gloria de Dios, además de su pertenencia a la Iglesia. El desafío es cómo trasmitir aquello que el P. Nicolás llamó el “virus jesuítico” y que luego el Papa Francisco definió para nuestros exalumnos como el virus propio de la Compañía. Es decir, la “marca” que se espera de quienes hayan pasado por nuestras instituciones educativas: que vivan en tensión entre el cielo y la tierra; es decir, la tensión entre la fe que profesan… con lo que está pasando hoy en el mundo. Tensión que según el Papa te lleva a actuar, te lleva a cambiar, te lleva a hacer, te lleva a imitar a Dios creador, redentor, santificador; te lleva a ser humano17.

Sexto, Aunque el concepto de “ciudadanía global” está en proceso de construcción, nuestra educación debería ser en él un actor creativo. Nuestra presencia en tantos lugares y culturas del mundo nos permite crear y plantear propuestas de formación para una visión intercultural del mundo, en el cual todos los seres humanos, y sus pueblos, son poseedores de una “ciudadanía global”, en la que se enlazan derechos y deberes, más allá de la propia cultura, de los nacionalismos y de los fanatismos políticos, o religiosos, que impiden el reconocimiento de nuestra radical fraternidad.

¿Cómo pueden nuestros colegios acoger y ofrecer una formación para la ciudadanía global, que respetando las particularidades locales de las culturas evidencie nuestro potencial y compromiso universal? Deberíamos estar en la capacidad de elaborar programas educativos que nos ayuden a pensar y actuar, local y globalmente, sin dicotomías entre ambas dimensiones, que caminen en la línea de la interculturalidad asumiendo como un hecho enriquecedor la diversidad cultural, social y religiosa de nuestro mundo18, sin perder nuestra identidad cristiana e ignaciana.


VI. Colaboración y trabajo en red, vías para asumir desafíos universales

Los desafíos mencionados pueden producir vértigo o incluso miedo. Algunos de ellos son inmensos, además percibimos nuestros recursos y capacidades tan limitadas y escasas. Conscientes de esto, la Congregación General 3519 y sobretodo la Congregación General 3620 pidieron mayor discernimiento, y mayor articulación de fuerzas a través de la colaboración y el trabajo en red, sacando un mejor provecho de nuestra condición de cuerpo apostólico internacional.

Sobre el discernimiento ya me he expresado en otros lugares. Sólo quiero señalar que nuestras instituciones educativas tienen también, por el hecho de poseer una identidad jesuítica o ignaciana, el reto de asumirlo como forma de proceder para tomar decisiones. Quiero ahora detenerme un poco más en la colaboración y en el trabajo en red.

La colaboración con otros es el único camino, por cierto profundamente evangélico, con el que la Compañía de Jesús puede llevar a cabo hoy su misión21. La magnitud y la interconexión existente entre los problemas que afectan la humanidad hoy son tales que solo, en la medida que la Iglesia y la Compañía, sean capaces de trabajar con otros, podemos contribuir efectivamente a su solución. Desde una actitud de colaboración, encontramos en el camino personas y organizaciones dedicadas al servicio de otros, buscando la reconciliación de la humanidad y la defensa de la creación; con algunos compartiremos la fe cristiana, con otros la fe en Dios, y en otros descubriremos que son hombres y mujeres de buena voluntad.

La colaboración entre jesuitas y laicos es una gozosa realidad en nuestras instituciones. Se ha avanzado mucho en este camino. Es necesario, sin embargo, continuar caminando y en ello se requiere toda nuestra creatividad. El camino recorrido nos revela logros y devela fragilidades que subsanar. ¿Cómo podemos formar verdaderos equipos con sentido apostólico que desarrollen todo su potencial? ¿De qué manera podemos vincular a nuestros exalumnos para que se vean compañeros en la misión más allá de la nostalgia por la institución de su juventud?

La colaboración induce espontáneamente a la cooperación a través de redes y éstas son una forma creativa de organización del trabajo apostólico22. El trabajo en red hace posible la colaboración entre las obras apostólicas de la Compañía y las instituciones de otros, abriendo horizontes inéditos de servicio que van más allá de aquellos que son tradicionales en una región, o en una provincia, y movilizando mayores recursos y posibilidades en favor de la misión.

El trabajo en red requiere suscitar y consolidar la cultura de la generosidad como base de aquella apertura que posibilita compartir una visión, cooperar con otros y la aceptación de un liderazgo efectivo que guarda el equilibrio entre iniciativa local y la autoridad global23.

Los colegios han asumido, con diferentes niveles de desarrollo y éxito, esta invitación a formar redes a nivel provincial, regional e global. Algunas redes provinciales y regionales han ayudado enormemente al proceso de renovación. Hoy sería imposible avanzar sin ellas. Aunque algunas provincias y regiones han tenido dificultades, el trabajo en red es hoy parte de nuestro modo de proceder, como lo señaló la Congregación General 36ª, y esto exige que nuestros colegios se articulen en redes locales y regionales, además de abrirse sin reservas a la red global que nos urge consolidar. No deberíamos tener temores para compartir programas, experiencias, materiales e incluso recursos para consolidar la red internacional.

Sólo si pensamos y actuamos de modo conjunto y coordinado, acogiendo e integrando la riqueza de nuestras diversidades locales, podremos, gracias a la red, enfrentar desafíos globales que afectan nuestras condiciones locales. Contamos con más de 2000 colegios y una apreciada presencia educativa en más de 60 países. Tenemos enormes posibilidades de alentar la esperanza en nuestro mundo, contribuyendo a la formación de hombres y mujeres, justos, verdaderos ciudadanos del mundo, capaces de generar diálogo y reconciliación entre los pueblos y de éstos con la creación.

En estos días, en el Congreso, ustedes han experimentado la diversidad, la riqueza y las incontables potencialidades que surgen de nuestro trabajo en común. La Compañía espera de verdad el compromiso de todos, y especialmente de los delegados de educación en cada Provincia, como de las redes regionales, para avanzar en la construcción y consolidación de una red global de colegios con una agenda común al servicio de la reconciliación y la justicia, que el Señor ha construido, para alcanzar la paz. Esto implica que todas las redes incluyan en sus planes estratégicos y estructuras la perspectiva de la red internacional y que todos se sientan corresponsables de ella. Trabajar por la red local y regional exigirá también trabajar en y por la red global.

Ustedes como delegados de la educación en sus Provincias son corresponsables del buen funcionamiento de las redes, en todos sus niveles. Dos iniciativas concretas, de las muchas que podrían explorarse en común, son su contribución al desarrollo de la plataforma global Educate Magis y el trabajo en favor la consolidación de una ciudadanía global que cuide del planeta y viva la solidaridad. Tales propósitos podrían dar pleno sentido al lema de este congreso “unidos en red global: un fuego que enciende otros fuegos.”

Debo sin embargo señalar que, el trabajo en red al que estamos llamados no es sólo aquel que se hace con otros colegios. Es necesario tomar conciencia que los colegios son plataformas apostólicas en diálogo y colaboración con las otras instituciones apostólicas de la Compañía: las universidades, las obras sociales, los centros de espiritualidad, las parroquias y otras presencias apostólicas. Así todos creceremos y podremos prestar un mayor y mejor servicio apostólico.

Termino diciendo que la Congregación General 36ª, también nos pidió planificación apostólica, con el fin de responder de modo efectivo a los desafíos que enfrentamos. Ella no es otra cosa que el instrumento que permite a una institución poner en la práctica, de modo ordenado, las decisiones tomadas por medio del discernimiento. La planificación nos ofrece un ordenamiento estratégico del tiempo, de las acciones y de las responsabilidades para la puesta en práctica de las decisiones. Ella supone que se trabaja como un solo cuerpo, con un solo propósito, conformando un equipo en el que hay diversidad de tareas y funciones.

En nuestro caso, la planificación por sí sola en una institución educativa no basta. Para que sea apostólica debe hacer presente la Buena Noticia en cada institución, en cada ser humano que la hace posible y recibe su servicio. La planificación debe ser “apostólica” también porque está animada por el magis ignaciano, evitando hacer las cosas mediocremente y buscando el mejor y el mayor servicio. No dejemos que desaparezca la tensión entre discernimiento espiritual, a través del examen, y planificación apostólica, o de lo contrario la ésta se convertirá en una herramienta administrativa, en un fin en sí mismo, que oculta el sentido y el significado de lo que estamos llamados hacer.


Conclusión: red global e intercultural con la misión de reconciliación

Concluyo, trayendo a la memoria lo que escribió Pedro Ribadeneira en nombre de San Ignacio en1556 en carta dirigida al Rey Felipe II de España. Allí señalaba que: todo el bien de la cristiandad y de todo el mundo, depende de la buena educación de la juventud24. Considero que estas palabras siguen siendo válidas para la Compañía de Jesús y para la Iglesia. 

No en vano el Papa Francisco ha convocado un sínodo sobre la juventud y el discernimiento vocacional, con la ilusión de contribuir a la construcción de una Iglesia, rejuvenecida capaz de dar esperanza a los jóvenes. Este sínodo es una buena ocasión para, sentirnos parte de la Iglesia, para escuchar nuestros alumnos, para acercarnos a su mundo, para acoger sus sueños y sus preocupaciones, para aprender de ellos, como también una oportunidad para señalarles que son parte de la Iglesia y que ella los necesita.

Nuestros colegios son una magnífica plataforma para escuchar, servir y contribuir a que los niños y los jóvenes de hoy, puedan soñar con un mundo nuevo, más reconciliado, justo, y en armonía con la creación, del que ellos mismos han de ser los constructores.

Renovando nuestra confianza en Dios queremos caminar juntos como red global con una misión universal. Los desafíos son muchos pero las posibilidades apostólicas pueden ser mayores. Hay que detectarlas. Dios sigue trabajando para crear y salvar. La missio Dei sigue adelante. Esta fe nos anima a asumir el camino de la audacia apostólica que es capaz de realizar lo imposible.

¡Muchas Gracias! 
Arturo Sosa, S.I.


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